La obra de Federico Ríos, un retrato íntimo de las Farc y la Colombia rural

Foto: EFE

El fotoperiodista Federico Ríos habla en presente de una guerra que parecía acabada. “Los días póstumos de una guerra sin final”, su última exposición, recorre la “la cotidianidad” de la guerrilla Farc durante los diálogos de paz, una muestra con la que pretende tender puentes y entendimiento entre esas dos Colombias, dice, “tan lejanas”: la urbana y la rural.

La exposición, abierta desde este jueves y hasta el 9 de abril en la Galería Bandy Bandy de Bogotá, sintentiza un trabajo de casi ocho años durante los que Ríos fotografió “las zonas más lejanas de Colombia”, lo más duro de la selva, la vida armada.

“Los guerrilleros estaban en Colombia aún activos, había hostilidades, y había una guerra -relata en una entrevista con Efe-. Póstuma es una palabra que se refiere a algo después de la muerte, y yo creo que hubo una esperanza (de que esa guerra muriera)”.

“Estábamos viendo el final de esa guerra. La firma del acuerdo de paz iba a ser la lápida, y hoy me doy cuenta de que, tristemente, no sucedió así”, lamenta.

Por eso, su exposición resulta un recorrido indispensable por aquellos días que parecían poner fin a un conflicto de más de 50 años que sin embargo, según denuncia, sigue latente en las zonas más periféricas, “abandonadas por el Estado”.

Ríos asegura que la normalidad del día a día en el corazón de la selva resulta inimaginable para los colombianos de las ciudades: “Una vida que la gente que vive en una ciudad no entiende” porque es demasiado diferente, demasiado diversa, “una burbuja a la que muy pocos han podido asomarse”.

Entre las imágenes de su muestra hay intimidad y ocio, paisajes y caminos imposibles, pero también amor.

“El amor es un conductor siempre, hay un romance en Bogotá o en Madrid, y hay un romance en la mitad de la selva también. Hay un partido de fútbol -relata-. Me gusta usar esos conectores para que la gente, cuando vea la exposición, entienda el arco que hay entre la vida de los centros urbanos y la vida en el corazón de la selva”.

El fotoperiodista, cuyos trabajos se pueden ver en publicaciones internacionales como The New York Times o National Geographic, insiste en la necesidad de acabar con esa lejanía e incomprensión existente entra las realidades tan opuestas que conforman su país.

“Insistir en que estos son seres humanos, tanto los de la ciudad como los de la selva, y por lo mismo tenemos todos los mismos derechos y las mismas necesidades. Muchas veces las mismas búsquedas (…): La búsqueda de paz, la búsqueda de justicia, la búsqueda de los derechos básicos”, reitera.

Pero tantos años recorriendo los campamentos guerrilleros no han significado para Ríos una justificación de la violencia:”Para mí es importante hacer hincapié en que yo no avalo la lucha armada bajo ninguna perspectiva. Pero después de andar la ruralidad colombiana es impresionante entender el abandono del Estado en las zonas más rurales, más remotas”.

Lugares sin carreteras ni energía eléctrica, escuelas a las que no hay asignado un profesor, personas que no tienen garantizados sus derechos mínimos, días de camino enfangado hasta el hospital más cercano.

Es ahí, dice, en esa tierra de nadie, donde la guerrilla se hizo fuerte e impuso su control.

“Las FARC aparecieron allí y cuando lo hicieron, aparecieron a garantizar un montón de derechos que la gente no tenía garantizados. Las Farc llegó a poner un orden, a poner un control que debería haber puesto el Estado”, agrega.

Pese a lo complejo y excepcional de su labor, Ríos no quiere adjudicarse nada extraordinario, y recuerda que, como él, hay numerosos colegas fotógrafos -Juan Arredondo, Catalina Martín Chico o Christian Escobar Mora, cita, entre muchos otros- que han hecho “un trabajo muy profundo” sobre los recovecos del conflicto interno colombiano.

No obstante, lamenta que los medios de comunicación nacionales “no estén interesados” en narrar esa historia y ayudar a comprender cuáles son los verdaderos problemas de una sociedad como la colombiana, aquejada de un sufrimiento enquistado donde la violencia y la muerte han tenido que normalizarse para que el ciudadano “pueda sobrevivir”. Efe